XIX Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo A

13 de agosto de 2017

“Tranquilícense y no teman. Soy yo”. Hoy, una vez más, volvemos a escuchar la voz entrañable del Señor. Hoy, una vez más, en medio de nuevas tormentas y de nuevos miedos, entre gritos espantados y zozobras, aunque de repente nos parezca un fantasma y la angustia nos enloquezca, sus palabras nos tocan y nos desafían. “Tranquilícense... Soy yo”. Los problemas no se han resuelto. Grita enfurecido el viento y golpea inmisericorde la marea. No hay sosiego aún, pero su voz ya resuena en medio de la tormenta. Él no es la tormenta, ¡no!, de ninguna manera. Su presencia es brisa suave, ahí, en el mismo lugar donde todo es inseguro, donde no hay posibilidad de paso firme. Él no es la tormenta. Cuando todo vaticina el naufragio, sus palabras son claras. “No teman”.

Bastaría revisar nuestra historia para reconocer la conflagración entre la tormenta amenazante y la serena presencia de Jesús. Nuestra identidad como nación, como ciudad –que hoy debería conmemorar, aunque prefiere hacerse la olvidadiza, acontecimientos fundamentales de su propia raíz, de su propia verdad– es una cadena de libertades en la que el Espíritu Santo, con prodigiosa paciencia, no se cansa de tejer la historia de nuestra salvación. Signos tenemos en abundancia. Sería suficiente leerlos. Pero, aturdidos por la confusión, preferimos llamar moderno el desinterés y el descuido. Lo disfrazamos de tolerancia. Tal vez en ocasiones sea un mecanismo de defensa contra el dolor y la frustración. Pero postergamos de nuevo la oportunidad de madurar y de asumir nuestro destino. La barca, en la noche, contiene rostros aterrados. La barca de la Iglesia, nuestra barca, llamada en el mundo a realizar la travesía del amor, se angustia con fantasmas y negocia disparates. Al final, sin embargo, cuenta siempre con la cercanía divina que la confirma en la fe y la orienta a su destino. Una mano tendida sostiene al temerario apóstol. Calmado el viento, la adoración se dirige sincera ante la presencia divina, la voz tranquilizadora y la mano confortante: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

Es verdad que las tormentas que nos agobian pueden ser distintas para cada discípulo. En su carta a los romanos, Pablo confía la infinita tristeza y el dolor incesante que torturan su corazón: sus propios hermanos, los israelitas, se han resistido al Evangelio. Con una intensidad sorprendente, asegura que aceptaría, incluso, verse separado de Cristo, si fuera para el bien de su raza y de su sangre. Él habrá de perseverar en su empeño misionero, regando con entusiasmo el campo de muchas ciudades paganas, teniendo que soltar las amarras de los herederos de las promesas, entregándolos a la misericordia de Dios. De manera semejante, muchos padres de familia son testigos del alejamiento que sus hijos viven de los valores y certezas con los cuales han procurado forjarlos. Constructores de proyectos nobles ven que se desfigura el ideal de su obra. La sospecha de que no han valido la pena los esfuerzos ronda la mente de los santos. Sin embargo, por variadas que resulten las tormentas, la misma voz llega garantizando una presencia y la misma mano nos sostiene cuando todo parece hundirse. La misericordia y la verdad se encuentran ofreciéndonos salvación, y la justicia y la paz se besan en la sede tambaleante de nuestras aventuras. Es Él. No hay que tener miedo. Es él, y no deja de llamarnos.

Cristo está por encima de todo y es Dios bendito por los siglos de los siglos. Así culminó Pablo su confidencia, de manera semejante a como los discípulos en la barca expresaron su reconocimiento a Jesús: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”. Sin importar la contundencia de la tormenta, la tormenta cultural, la tormenta social, la tormenta familiar o la tormenta personal que atravesemos, la celebración cristiana convierte en oración la vivencia y en altar la barca. No sucumbamos a la desesperanza. Muy probablemente las situaciones no corresponderán a nuestras expectativas, pero podemos estar seguros de que detrás de todo, y más allá de los fracasos y errores, la voz y la mano de la bendita presencia siguen ahí, conduciéndonos al único puerto de paz. La más grande amenaza de nuestro tiempo es la tentación que nos orilla a desistir de la fe y renunciar a su conforto. Soltar no las amarras de la libertad ajena, sino la propia adhesión al Señor, para ahogarse en el silencio de la noche. Por eso la Iglesia hoy nos anima a renovar nuestra profesión de fe. No ignora nuestra poquedad. Como madre amorosa y solícita nos muestra su afecto, pero también nos pide que, de pie, avancemos el breve espacio que nos toca caminar con nuestros propios pasos, para alcanzar el abrazo que se nos ofrece como término. El desconcertante paso de Pedro sobre las aguas, por débil que resultara, es el salto ante el cual la misma tormenta queda en segundo lugar. Nosotros lo damos hoy, litúrgicamente, e imploramos al mismo Jesús que nos sostenga. No dudemos. No tengamos miedo. Sigamos la bondad de sus pisadas, ajustando el latir de nuestro corazón al suyo. Es Él. Dejémonos tomar de su mano, y no nos soltemos.

Lecturas

Del primer libro de los Reyes (19,9.11-13)

Al llegar al monte de Dios, el Horeb, el profeta Elías entró en una cueva y permaneció allí. El Señor le dijo: “Sal de la cueva y quédate en el monte para ver al Señor, porque el Señor va a pasar”. Así lo hizo Elías y, al acercarse al Señor, vino primero un viento huracanado, que partía las montañas y resquebrajaba las rocas; pero el Señor no estaba en el viento. Se produjo después un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Luego vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego se escuchó el murmullo de una brisa suave. Al oírlo, Elías se cubrió el rostro con el manto y salió a la entrada de la cueva.

Salmo Responsorial (Del Salmo 84)

R/. Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Escucharé las palabras del Señor,
palabras de paz para su pueblo santo.
Está ya cerca nuestra salvación,
y la gloria del Señor habitará en la tierra. R/.

La misericordia y la verdad se encontraron,
la justicia y la paz se besaron;
la fidelidad brotó en la tierra,
y la justicia vino del cielo. R/.

Cuando el Señor nos muestre su bondad,
nuestra tierra producirá su fruto.
La justicia le abrirá camino al Señor
e irá siguiendo sus pisadas. R/.

De la carta del apóstol san Pablo a los romanos (9,1-5)

Hermanos: Les hablo con toda verdad en Cristo; no miento. Mi conciencia me atestigua, con la luz del Espíritu Santo, que tengo una infinita tristeza, y un dolor incesante tortura mi corazón. Hasta aceptaría verme separado de Cristo, si esto fuera para bien de mis hermanos, los de mi raza y de mi sangre, los israelitas, a quienes pertenecen la adopción filial, la gloria, la alianza, la ley, el culto y las promesas. Ellos son descendientes de los patriarcas; y de su raza, según la carne, nación Cristo, el cual está por encima de todo y es Dios bendito por los siglos de los siglos. Amén.

R/. Aleluya, aleluya. Confío en el Señor, mi alma espera y confía en su palabra. R/.

Del Santo Evangelio según san Mateo (14,22-33)

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí. Entra tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa, y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron, y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”. Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.