XXV Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo A

24 de septiembre de 2017

“Los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos”. Esta expresión de nuestro Señor Jesucristo corresponde a la narrativa de su propia parábola. En ella, los primeros trabajadores que se acercaron a recibir su remuneración fueron los que empezaron a trabajar más tarde. Y los últimos a los que llegó el turno fueron los que habían iniciado su labor desde hora temprana. En todos los casos, la paga fue la misma. De ninguna manera se hace una injusticia a los que soportaron la jornada completa, pues ellos recibieron el pago convenido. Lo que genera el malestar es que a quienes trabajaron menos tiempo se les entregue el mismo pago. El reclamo sólo tiene sentido en referencia a la generosidad del patrón. A ninguno de los trabajadores de la viña, en realidad, se le hizo daño alguno. Todos tuvieron la oportunidad de volver fructífero su tiempo, aunque fuera en proporción diversa. Para todos se solucionó igualmente el convertir el día entero en ociosidad.

El Evangelio de Mateo no deja de ser una llamada de atención al pueblo elegido. Los judíos, en efecto, han sido los primeros con quienes Dios ha establecido una alianza, a quienes ha congregado en torno a sí y a quienes ha convertido en herederos de una relación viva con Él. Ellos pueden indignarse de que el Señor abra el horizonte de su alianza, si no han entendido el significado de la nueva justicia. La misericordia divina invierte muchas de las presuposiciones humanas. Los pequeños, los alejados y los extranjeros, en el orden de la gracia, adquieren una relevancia sorprendente, que dista mucho de los criterios con los que nosotros solemos valorar la realidad. Por eso puede sentenciar el profeta: “Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos, dice el Señor. Porque así como aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los de ustedes y mis pensamientos a sus pensamientos”.

¿De qué manera aventaja la actitud del patrón del Evangelio al sentido de justicia de los seres humanos? Trasladándonos a ese orden de la gracia, en el que no cabe la especulación financiera ni un absoluto equilibrio de partes. La explicación la tenemos en la frase que el mismo Jesús coloca en los labios de aquel hombre: “¿Qué no puede hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?”. En primer lugar, se nos recuerda que la viña es del Señor. El tiene todo el derecho de disponer absolutamente sobre ella. Pero, además, su voluntad no es arbitraria, ni malintencionada. Es simplemente buena. El pago al que llegó a última hora a la viña es la señal precisa de su generosidad. Si pretendemos medir todo en la vida a partir de una homogeneidad en la distribución de características personales, talentos, gustos, tiempo, cultura, toda la existencia humana sería una absoluta injusticia. Pero justamente entonces perderíamos el valor de la originalidad. Si en vez de apreciar en sí misma la propia presencia en la viña de la salvación, nos dedicamos a compararnos con los demás, tendremos siempre un pretexto para sentirnos desafortunados y razones para reprochar al dador de la vida. Más aún, perderemos la ocasión de congratularnos con la suerte de nuestros hermanos, porque en vez de mirar el bien que ellos reciben, estaremos viendo en nosotros el bien que creemos nos hace falta. La envidia es siempre mala consejera.

En la comunidad cristiana, la gratitud al Dios bueno, al Dios cercano, al Dios que vive entre nosotros, es un imperativo constante. El Reino que construye con nosotros y su justicia constituyen ese pago único, preciso, que no deja de ser generoso, por mucho que nos haya pedido también aportar un tiempo de compromiso en la viña. Todo lo demás es, en verdad, añadidura. Si podemos confiar en Él es precisamente porque su bondad no depende de la nuestra. La suya es siempre una bondad primigenia, desbordante, que lo mismo bendice con una caricia de sol o con la fecundidad de la lluvia a los buenos y a los malos. Entender esta lógica y vivir conforme a ella es auténticamente reconocernos como hijos de Dios. Si nos ha invitado al perdón sin límites, ha sido siempre porque Él mismo perdona sin límites, y nos concede alcanzar la estatura de su justicia. Si su presencia es un abrazo universal, con ello aspira también a dilatar nuestro corazón, haciéndolo capaz del amor más grande, el amor incondicionado y volcado con toda generosidad en beneficio del hermano.

El apóstol san Pablo, tras hacer una franca declaración de su asimilación profunda al misterio de Cristo, invita a los filipenses a llevar una vida digna del Evangelio de Cristo. Esta vida es, sin duda, la que se incorpora al amor dispuesto al sacrificio extremo, y no reclama por ello más pago que el de hacer el bien. Alegres por el denario de nuestro día, por el oxígeno que respiramos y el alimento con el que nos nutrimos, gozosos por el denario de nuestros hermanos y la dicha de participar en la edificación del Reino, bendecimos de corazón al Señor que es bueno para con todos, y cuyo amor se extiende a todas sus creaturas.

Lecturas

Del libro del profeta Isaías (55,6-9)

Busquen al Señor mientras lo pueden encontrar, invóquenlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad; a nuestro Dios, que es rico en perdón. Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos, dice el Señor. Porque así como aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los de ustedes y mis pensamientos a sus pensamientos.

Salmo Responsorial (Del Salmo 144)

R/. Bendeciré al Señor eternamente.

Un día tras otro bendeciré tu nombre
y no cesará mi boca de alabarte.
Muy digno de alabanza es el Señor,
por ser su grandeza incalculable. R/.

El Señor es compasivo y misericordioso,
lento para enojarse y generoso para perdonar.
Bueno es el Señor para con todos
y su amor se extiende a todas sus creaturas. R/.

Siempre es justo el Señor en sus designios
y están llenas de amor todas sus obras.
No está lejos de aquellos que lo buscan;
muy cerca está el Señor, de quien lo invoca. R/.

De la carta del apóstol san Pablo a los filipenses (120-24.27)

Hermanos: Ya sea por mi vida, ya sea por mi muerte, Cristo será glorificado en mí. Porque para mí, la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si el continuar viviendo en este mundo me permite trabajar todavía con fruto, no sabría yo qué elegir. Me hacen fuerza ambas cosas: por una parte, el deseo de morir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; y por la otra, el permanecer en vida, porque esto es necesario para el bien de ustedes. Por lo que a ustedes toca, lleven una vida digna del Evangelio de Cristo.

R/. Aleluya, aleluya. Abre, Señor, nuestros corazones, para que comprendamos las palabras de tu Hijo. R/.

Del Santo Evangelio según san Mateo (20,1-16)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo. Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: ‘¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?’ Ellos le respondieron: ‘Porque nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’. Al atardecer, el dueño de la viña dijo a su administrador: ‘Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros’. Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno. Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: ‘Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor’. Pero él respondió a uno de ellos: ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?’ De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos”.