XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo A

Domingo Mundial de las Misiones

22 de octubre de 2017

El profeta Isaías llama a Ciro, el rey persa, ungido del Señor, y lo describe como quien ha sido tomado de la mano de Dios para someter a las naciones y desbaratar la potencia de los reyes. La mención no puede sino sorprendernos. La elección peculiar de este gobernante extranjero no desdice la predilección del pueblo judío. “Por amor a Jacob, mi siervo, y a Israel, mi escogido, te llamé y te di un título de honor, aunque tú no me conocieras”. Ciro, en efecto, no conoce a Dios. Sin embargo, su intervención beneficiará a Israel para el retorno a su tierra. Escondida en la providencia de Dios y en el impulso interior de este rey, la bondad salvífica orienta la historia. Más aún, la realiza manifestando paulatinamente el misterio divino. “Yo soy el Señor y no hay otro”, repite con claridad. Y lo reitera: “Fuera de mí no hay Dios”. Y el mismo Dios no oculta la finalidad de su acción: que todos sepan, de oriente a occidente, que no hay otro Dios fuera de Él.

Dios está absolutamente por encima de cualquier rey y autoridad humana. Este es el sentido también de la tajante afirmación de Jesús en el Evangelio: “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Ante las trampas que pretendan confundirnos, equiparando de alguna manera a las estructuras sociales y políticas humanas con la soberanía divina, Jesús no nos permite rebajar a Dios al nivel de los intercambios comerciales humanos. Pero esto no significa que haya un orden de autonomía de la creación que pueda prescindir de su Creador. Al contrario: la trascendencia de Dios nos hace reconocerlo más allá de nuestros sistemas, pero al mismo tiempo como anterior a ellos y sabiduría última ante ellos. Las trampas de manipular lo sagrado por motivaciones polémicas o publicitarias son detenidas por Jesús, que de ninguna manera ignora la malicia de sus intenciones. Si las monedas llevan en sí la imagen de nuestros símbolos culturales, nosotros, los seres humanos, llevamos la imagen de Dios inscrita en nuestra propia naturaleza, y así la dignidad humana se erige desde Dios, juez supremo, como el imperativo decisivo en el que se juega toda justicia, también la de las estructuras humanas. El que atenta contra el ser humano en cualquiera de sus facetas, y más aún si lo hace por mezquino interés económico, especialmente si se trata de aquel indefenso con quien el Señor mismo se ha identificado, no quedará sin ser juzgado.

El caso de Ciro nos hace ver que el honor de Dios es respetado a veces incluso en medio de la ignorancia de las autoridades. La verdad de Dios y su mensaje salvador va igualmente dirigida a todos los hombres, lo sepan o no los jefes, lo reconozcan o no los sabios, lo cumplan o no los tribunales. El mismo Evangelio no deja de aludirnos a personajes con poder que se convirtieron en instrumentos de bien para sus semejantes, e incluso recibieron del Señor el signo de alguna intervención milagrosa. El bien cunde a veces donde no lo imaginamos, y en ningún caso hemos de considerarlo algo ajeno a la bondad originaria de Dios.

Pero a nosotros, los creyentes, esto nos interpela de manera directa. Nosotros hemos conocido ya al Dios uno. Más aún, por nuestro Señor Jesucristo hemos sido privilegiados con el conocimiento de la Santísima Trinidad, el misterio íntimo de Dios mismo que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Hemos recibido la unción de la gracia, y hemos sido constituidos testigos del amor de Dios ante todos los hombres. Somos familia de Dios y linaje escogido para darle gloria. ¿No somos a veces los primeros en querer comprar a Dios con las monedas del César, o en profanar el admirable y santo comercio de nuestra salvación ofendiendo a los hermanos e ignorando el honor debido a nuestro Señor? Al celebrar la Eucaristía, somos invitados a retomar con vigor el compromiso creyente semejante al que describe san Pablo en la segunda lectura: obras que manifiesten nuestra fe, trabajos aunque sean fatigosos que emprenda nuestro amor, perseverancia en la esperanza que debemos al Señor Jesucristo. El denario de nuestra vida vuelve a ser el gozo de participar en la edificación del Reino de los cielos.

Ante nuestros ojos, la misión universal de la Iglesia vuelve a quedar como una tarea sin tregua. Comunicar la buena noticia de la salvación, del reinado del Dios misericordioso entregándoles a los fieles el galardón del amor, del honor tributado a su nombre a través de la ofrenda de nuestras obras buenas, de la convocatoria a todos los hombres a cantar juntos el himno de alabanza a su gloria y su poder. Esta misión continúa a través de nuestros labios, de nuestros brazos, de nuestros pies y de nuestro corazón. Solidaricémonos también con quienes, emprendiendo el camino hacia tierras remotas y agrestes, entregan su vida para que nuestro Rey sea conocido, amado y servido por todos los pueblos del orbe.

Lecturas

Del libro del profeta Isaías (45,1.4-6)

Así habló el Señor a Ciro, su ungido, a quien ha tomado de la mano para someter a él a las naciones y desbaratar la potencia de los reyes, para abrir ante él los portones y que no quede nada cerrado: “Por amor a Jacob, mi siervo, y a Israel, mi escogido, te llamé por tu nombre y te di un título de honor, aunque tú no me conocieras. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay Dios. Te hago poderoso, aunque tú no me conoces, para que todos sepan, de oriente a occidente, que no hay otro Dios fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro”.

Salmo Responsorial (Del Salmo 95)

R/. Cantemos la grandeza del Señor.

Cantemos al Señor un canto nuevo,
que le cante al Señor toda la tierra.
Su grandeza anunciemos a los pueblos;
de nación en nación sus maravillas. R/.

Cantemos al Señor, porque Él es grande,
más digno de alabanza y más tremendo
que todos los dioses paganos, que ni existen;
ha sido el Señor quien hizo el cielo. R/.

Alaben al Señor, pueblos del orbe,
reconozcan su gloria y su poder
y tribútenle honores a su nombre.
Ofrézcanle en sus atrios sacrificios. R/.

Caigamos en su templo de rodillas.
Tiemblen ante el Señor los atrevidos.
“Reina el Señor”, digamos a los pueblos.
Él gobierna a las naciones con justicia. R/.

De la primera carta del apóstol san Pablo a los tesalonicenses (1,1-5)

Pablo, Silvano y Timoteo deseamos la gracia y la paz a la comunidad cristiana de los tesalonicenses, congregada por Dios Padre y por Jesucristo, el Señor. En todo momento damos gracias a Dios por ustedes y los tenemos presentes en nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar las obras que manifiestan la fe de ustedes, los trabajos fatigosos que ha emprendido su amor y la perseverancia que les da su esperanza en Jesucristo, nuestro Señor. En efecto, nuestra predicación del Evangelio entre ustedes no se llevó a cabo sólo con palabras, sino también con la fuerza del Espíritu Santo, que produjo en ustedes abundantes frutos.

R/. Aleluya, aleluya. Iluminen al mundo con la luz del Evangelio reflejada en su vida. R/.

Del Santo Evangelio según san Mateo (22,15-21)

En aquel tiempo, se reunieron los fariseos para ver la manera de hacer caer a Jesús, con preguntas insidiosas, en algo de que pudieran acusarlo. Le enviaron, pues, a algunos de sus secuaces, junto con algunos del partido de Herodes, para que le dijeran: “Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas con verdad el camino de Dios, y que nada te arredra, porque no buscas el favor de nadie. Dinos, pues, qué piensas: ¿Es lícito o no pagar el tributo al César?” Conociendo Jesús la malicia de sus intenciones, les contestó: “Hipócritas, ¿por qué tratan de sorprenderme? Enséñenme la moneda del tributo”. Ellos le presentaron una moneda. Jesús les preguntó: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?” Le respondieron: “Del César”. Y Jesús concluyó: “Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.