I Domingo de Cuaresma

Ciclo B

18 de febrero de 2017

"Conviértanse y crean en el Evangelio". La Cuaresma inicia bajo la instrucción y el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, para hacer en nuestro corazón más intensa la respuesta al amor de Dios, que nos salva. Convertirse. Cambiar de ruta. Cambiar de mentalidad y de actitudes. Cambiar la conducta. Pero ¿de qué manera cambiarla? ¿Se trata acaso de cambiarla por cambiarla? De ninguna manera. El horizonte es claro: hay que creer en el Evangelio. La fe y la conversión son dos aspectos de la misma realidad. Jesús predica la buena noticia del Reino, que está cerca, y es a su anuncio al que respondemos con la fe, admitiendo inteligentemente su invitación, llena de sensatez y sabiduría, y reaccionando prudentemente a su llamado, con una libertad que encuentra su verdadero bien y se vuelca sobre él. Ante la interpelación de una palabra sugestiva, poderosa y fascinante, nos ponemos en movimiento. El movimiento de la fe. Aprendiendo de Jesús seremos conducidos a la plenitud de nuestra propia identidad.

Antes de llamar a la conversión, Jesús fue arrojado al desierto por el Espíritu. Dramático el lenguaje del texto sagrado. Palpamos en él la fuerza de una experiencia humana que es para nosotros paradigmática, siendo a la vez la experiencia humana del Hijo de Dios. Jesús nos muestra qué significa ser hombres. El mismo autor que delineó nuestros rasgos ejecuta el plan divino en su propio rostro, en un pasaje que nos insinúa el paraíso. Se habla, en efecto, de la presencia de animales salvajes y de ángeles servidores. San Marcos nos dice escuetamente que Jesús fue tentado por Satanás. Pero para ello, quien lo impulsó fue el Espíritu. Extraña paradoja, que nos escandalizaría si no correspondiera a nuestras vivencias. ¡Cuán ambiguas son las situaciones! Un mismo panorama puede ser, para unos, motivo de fracaso y caída, mientras, para otros, resulta ocasión de victoria y desarrollo. Acentuando el contraste, la belleza del paraíso fue para nuestros primeros padres el marco de su desobediencia, mientras el cuadro agreste del desierto es para Jesús fragua de fidelidad al plan de Dios. Nuestros cuarenta días del tiempo santo son la oportunidad de que el desierto nos purifique y nos conforte, nos confirme en el amor y nos libere de ataduras. Aprender a ser personas: he ahí el itinerario al que la Iglesia nos convida, bajo la guía del Señor.

La conversión cristiana, que es una forma cotidiana de existencia y que en la Cuaresma dinamizamos, lleva la marca del bautismo, la eficacia del agua lustral. Dios se ha comprometido con la humanidad, por pura gracia, en una alianza salvífica que no es derrotada por el pecado ni por espíritu rebelde alguno. El arca de la Iglesia puede llevar una cantidad pequeña de personas, pero en ellas, en quienes con autenticidad perseveran en la caridad, se verifica el designio de la salvación. Ese es el anuncio que no deja de proclamarse, y esa es la verdad de la que deseamos formar parte. En medio de la conflagración cósmica que a veces parece imponer el egoísmo y la opresión como fuerzas definitivas, Dios no deja de operar en el desierto de los corazones que se convierten para hacer florecer la vitalidad humana con la que ha sellado su Creación. Dios no se arrepiente de su obra, y la conduce a buen puerto a través del agua que destruye el pecado y fecunda la gracia. Nuestro compromiso bautismal es vivir la buena conciencia ante Dios, agradecer la gesta inmerecida del justo que cargó sobre sí los pecados de nosotros, los injustos, y dirigirnos convencidos a la resurrección que nos realiza más allá de cualquier expectativa puramente humana.

La predicación del Evangelio nos muestra en qué consisten los caminos de Dios. Por eso no dejamos de implorar, en medio de nuestra pobreza, que nos los muestre. Descúbrenos, Señor, tus caminos. Guíanos con la verdad de tu doctrina. Sabiendo que él es recto y bondadoso, como pecadores le suplicamos que nos indique el sendero, y con humildad le pedimos que nos guíe por la senda recta. Sabemos que no se trata simplemente de una serie de normas que debamos cumplir exteriormente, sino de una transformación interior que nos pone en contacto vivo con el prójimo, al que aprendemos a reconocer como hermano, y sobre todo con Dios, a quien por Cristo en el Espíritu aprendemos a invocar como Padre. Su doctrina de verdad es un camino que hemos de recorrer, un estilo de andar, un horizonte hacia el cual tender. En ella, el encuentro interpersonal es decisivo. Contra cualquier tentación de narcisismo, la conversión de la fe y el Evangelio establece las relaciones vivas con el universo que, lejos de aniquilarnos, hacen emerger lo más auténtico de lo que Dios ha dispuesto para nuestra realización.

Dejémonos conducir, hermanos, por el Espíritu, al tiempo santo que se nos ofrece. Que la austeridad de nuestras prácticas vuelva más rico nuestro contacto con la realidad. Que nos abra a la admiración del cosmos y a la alabanza a Dios a través de ella. Que nos mueva al servicio del prójimo y al reconocimiento de su dignidad como imagen y semejanza de Dios. Que sacuda en nosotros las cadenas de la inercia y del pecado, de todo lo que no nos permite ser verdaderamente libres. Que la conversión de esta Cuaresma haga más cercana, aún, la realidad del Reino de Dios que Jesús anuncia y que es, en definitiva, él mismo en persona.

Lecturas

Del libro del Génesis (9,8-15)

En aquellos días, dijo Dios a Noé y a sus hijos: “Ahora establezco una alianza con ustedes y con sus descendientes, con todos los animales que los acompañaron, aves, ganados y fieras, con todos los que salieron del arca, con todo ser viviente sobre la tierra. Ésta es la alianza que establezco con ustedes: No volveré a exterminar la vida con el diluvio ni habrá otro diluvio que destruya la tierra”. Y añadió: “Ésta es la señal de la alianza perpetua que yo establezco con ustedes y con todo ser viviente que esté con ustedes: pondré mi arco iris en el cielo como señal de mi alianza con la tierra, y cuando yo cubra de nubes la tierra, aparecerá el arco iris y me acordaré de mi alianza con ustedes y con todo ser viviente. No volverán las aguas del diluvio a destruir la vida”.

Salmo Responsorial (24)

R/. Descúbrenos, Señor, tus caminos.

Descúbrenos, Señor, tus caminos,
guíanos con la verdad de tu doctrina.
Tú eres nuestro Dios y salvador
y tenemos en ti nuestra esperanza. R/.

Acuérdate, Señor, que son eternos
tu amor y tu ternura.
Según ese amor y esa ternura,
acuérdate de nosotros. R/.

Porque el Señor es recto y bondadoso,
indica a los pecadores el sendero,
guía por la senda recta a los humildes
y descubre a los pobres sus caminos. R/.

De la primera carta del apóstol san Pedro (3,18-22)

Hermanos: Cristo murió, una sola vez y para siempre, por los pecados de los hombres; él, el justo, por nosotros, los injustos, para llevarnos a Dios; murió en su cuerpo y resucitó glorificado. En esta ocasión, fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados que habían sido rebeldes en los tiempos de Noé, cuando la paciencia de Dios aguardaba, mientras se construía el arca, en la que unos pocos, ocho personas, se salvaron flotando sobre el agua. Aquella agua era figura del bautismo, que ahora los salva a ustedes y que no consiste en quitar la inmundicia corporal, sino en el compromiso de vivir con una buena conciencia ante Dios, por la resurrección de Cristo Jesús, Señor nuestro, que subió al cielo y está a la derecha de Dios, a quien están sometidos los ángeles, las potestades y las virtudes.

R/. Honor y gloria a ti, Señor Jesús. No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios. R/.

Del santo Evangelio según san Marcos (1,12-15)

En aquel tiempo, el Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto, donde permaneció cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivió allí entre animales salvajes, y los ángeles le servían. Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio”.