II Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo B

14 de enero de 2017

Muy cerca estaba el joven Samuel de Dios. El templo donde servía era el santuario donde se custodiaba el arca de Dios. Todo a su alrededor estaba consagrado al Altísimo, y era signo del compromiso del Señor con su pueblo. Elí, el sacerdote, lo había recibido de manos de Ana, su madre, siendo que él mismo era un milagro de vida, cuando todo en ella parecía marchito y ausente de esperanza. Y, sin embargo, la palabra de Dios no le había sido aún revelada al joven. Aunque la prontitud de su respuesta permitiera entender que estaba bien dispuesto a aprender, se esperaba aún el paso decisivo. Elí lo entiende aquella misteriosa noche de las tres llamadas, y cumple entonces de manera insigne su función de tutor. No reclama para sí la atención, ni le hurta al discípulo a su verdadero maestro. “Ve a acostarte –instruyó a Samuel– y si te llama alguien responde: ‘Habla, Señor; tu siervo te escucha”. La gran lección de Elí consiste en enseñarle a Samuel a identificar la voz divina y a ponerse a su disposición. Que aquel joven, al que tantos signos apuntaban como elegido de Dios, pasara de la familiaridad con las cosas divinas al reconocimiento del mismo Dios. Así pudo ser, el Señor estuvo con él, y todo lo que el Señor le decía, se cumplía.

El Evangelio presenta una escena parecida, en la que ahora quienes son dirigidos a escuchar la palabra de Dios son dos discípulos del Bautista. Éste fija sus ojos en Jesús, que pasa, y lo señala con una bellísima fórmula: “Éste es el Cordero de Dios”. Y los discípulos siguen a Jesús, hasta entrar en contacto con él, establecer un breve diálogo y terminar por quedarse aquel día en su casa. Juan el Bautista, al igual que Elí, cumple una función de orientación, sin pretender apropiarse de los discípulos. Su actitud muestra cabalmente la humildad y la firmeza que corresponde a los animadores de la fe. La tarea no es nunca generar grupos de entusiastas por la propia persona, sino dirigir la atención y los pasos de quienes aprenden a confiar en ellos hacia el único en quien se encuentra la salvación, el único que otorga vida, el único que perdona el pecado.

Encontramos en Elí y en Juan el Bautista ejemplos claros de lo que han de hacer todos los que tienen alguna responsabilidad en la formación de la conciencia creyente de los demás. Ya se trate de padres de familia, catequistas, sacerdotes o cualquier tipo de ministro, más aún, si captamos bien la naturaleza de la misma Iglesia, entendemos que la finalidad de su servicio es favorecer que los hermanos se encuentren con el Señor, que aprendan a reconocer su voz en medio de las circunstancias cotidianas de la vida, que se aproximen y establezcan contacto con él, que lo interroguen y le muestren sus propias inquietudes, que se dejen conducir a la familiaridad con él y se queden en su casa. Nadie puede suplir ni dar por supuesta la vivencia y la respuesta que corresponde necesariamente a cada uno. Una vez realizada, la experiencia del encuentro y del seguimiento constituirá el más dulce y pleno tesoro de la propia vida. En la memoria se conservará el recuerdo precioso, al punto de precisar que todo comenzó siendo las cuatro de la tarde.  

Si las figuras de Elí y del Bautista nos dan pauta para entender la misión del maestro cristiano, Samuel y los dos discípulos del Evangelio nos retratan las actitudes de quienes aprenden a vivir en la fe. Escuchar, en primer lugar, el testimonio de quienes han probado ser dignos de confianza; expresar la propia disponibilidad ante la voz de Dios; formular las inquietudes que nos pongan en contacto vivo con el verdadero Maestro; dedicarle tiempo a la familiaridad con Él; dejarse fascinar por su presencia y ser transformados por Él. Finalmente, como nos narra también el Evangelio, convertirse en mensajero de la verdad descubierta, como le ocurrió a Andrés. La primera persona con la que se encontró fue su hermano Simón. Inmediatamente, la certeza adquirida se convirtió en una alegría que había que compartir. “Hemos encontrado al Mesías”. Y entonces, al igual que en el caso de Elí y de Juan Bautista, la palabra apenas pronunciada se volvió un movimiento para suscitar un nuevo encuentro. Llevó, pues, a Simón hacia Jesús, para que también él pudiera hacer su propio camino y experiencia. Y así fue, al punto que Jesús pudo entonces establecer para Simón un horizonte nuevo de vida: “Tú te llamarás Kefas”. Como un nacimiento, como el florecimiento que los otros reconocieron a las cuatro de la tarde, como el timbre que aprendió a resonar en la noche misteriosa de Samuel, la palabra de Dios al tocar el corazón todo lo transforma.

También a nosotros la Iglesia nos presenta al Cordero de Dios. Aprendamos a reconocerlo, a escucharlo, a dirigirnos a Él, a permitir que su mirada y su voz nos alcancen. Nos llamará por nombre y nos hará libres.   

Lecturas

Del primer libro de Samuel (3,3-10.19)

En aquellos días, el joven Samuel servía en el templo a las órdenes del sacerdote Elí. Una noche, estando Elí acostado en su habitación y Samuel en la suya, dentro del santuario donde se encontraba el arca de Dios, el Señor llamó a Samuel y éste respondió: “Aquí estoy”. Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?” Respondió Elí: “Yo no te he llamado. Vuelve a acostarte”. Samuel se fue a acostar. Volvió el Señor a llamarlo y él se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?” Respondió Elí: “No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte”. Aún no conocía Samuel al Señor, pues la palabra del Señor no le había sido revelada. Por tercera vez llamó el Señor a Samuel; éste se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?” Entonces comprendió Elí que era el Señor quien llamaba al joven y dijo a Samuel: “Ve a acostarte y si te llama alguien responde: ‘Habla, Señor; tu siervo te escucha’”. Y Samuel se fue a acostar. De nuevo el Señor se presentó y lo llamó como antes: “Samuel, Samuel”. Este respondió: “Habla, Señor; tu siervo te escucha”. Samuel creció y el Señor estaba con él. Y todo lo que el Señor le decía, se cumplía.

Salmo Responsorial (Sal 39)

R/. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Esperé en el Señor con gran confianza;
él se inclinó hacia mí y escuchó mis plegarias.
Él me puso en la boca un canto nuevo,
un himno a nuestro Dios. R/.

Sacrificios y ofrendas no quisiste,
abriste, en cambio, mis oídos a tu voz.
No exigiste holocaustos por la culpa,
así que dije: “Aquí estoy”. R/.

En tus libros se me ordena
hacer tu voluntad;
esto es, Señor, lo que deseo:
tu ley en medio de mi corazón. R/.

He anunciado tu justicia
en la gran asamblea;
no he cerrado mis labios,
tú lo sabes, Señor. R/.

De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios (6,13-15.17-20)

Hermanos: El cuerpo no es para fornicar, sino para servir al Señor; y el Señor, para santificar el cuerpo. Dios resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros con su poder. ¿No saben ustedes que sus cuerpos son miembros de Cristo? Y el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él. Huyan, por tanto, de la fornicación. Cualquier otro pecado que cometa una persona, queda fuera de su cuerpo; pero el que fornica, peca contra su propio cuerpo. ¿O es que no saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que han recibido de Dios y habita en ustedes? No son ustedes sus propios dueños, porque Dios los ha comprado a un precio muy caro. Glorifiquen, pues, a Dios con el cuerpo.

R/. Aleluya, aleluya. Hemos encontrado a Cristo, el Mesías. La gracia y la verdad nos han llegado por él. R/.

Del santo Evangelio según san Juan (1,35-42)

En aquel tiempo, estaba Juan el Bautista con dos de sus discípulos, y fijando los ojos en Jesús, que pasaba, dijo: “Este es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oír estas palabras, siguieron a Jesús. Él se volvió hacia ellos, y viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué buscan?” Ellos le contestaron: “¿Dónde vives, Rabí?” (Rabí significa “maestro”). Él les dijo: “Vengan a ver”. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Eran como las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron lo que Juan el Bautista decía y siguieron a Jesús. El primero a quien encontró Andrés, fue a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que quiere decir “el Ungido”). Lo llevó a donde estaba Jesús y éste fijando en él la mirada, le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Kefas” (que significa Pedro, es decir “roca”).