XI Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo A

18 de junio de 2017

Jesús ve a las multitudes y se compadece de ellas. Sus sentimientos humanos, lo sabemos, son encarnación de la misericordia divina. Unos ojos como los nuestros miran, enternecidos, y mueven a un corazón como el nuestro a palpitar con piedad. Pero esos ojos y ese corazón pertenecen al Hijo de Dios. En la tierra, en nuestra propia tierra, el eterno amor vibra con una carne semejante a la nuestra, y con ella empieza un movimiento expansivo y envolvente de salvación. Jesús ya ha mostrado que tiene un autoridad superior para ofrecer a los hombres la justicia de Dios. Ahora –apenas iniciando con el pueblo de Israel, pero virtualmente incluyendo ya un horizonte sin límites– él mismo insinúa la insuficiencia de los recursos humanos, pero también su voluntad de ejecutar el plan divino involucrando a un creciente grupo de discípulos. Es verdad: la cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Y ante la desproporción insuperable entre las necesidades y las posibilidades humanas de satisfacerlas, no queda sino la súplica humilde al Padre providente, que finalmente es el dueño de la mies. Pero una vez puesta esta premisa, Jesús mismo establece el mecanismo del designio divino: llama a sus doce discípulos y les participa su poder salvífico para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Los doce discípulos, que han quedado incorporados al movimiento salvífico de Dios, no son simples ejecutores de unas instrucciones impersonales. Es verdad que desde este momento el Señor les da indicaciones precisas. Es también cierto que no es de ellos el poder que reciben, y no han de entenderlo como un privilegio para su propio beneficio. Expresamente les dice: “Gratuitamente han recibido este poder, ejérzanlo, pues, gratuitamente”. Pero esta facultad no radica sólo en la capacidad de ejecutar con eficacia aquellos signos. Hay un elemento interno anterior, que es fundamental. Ellos deben reproducir en sus propias entrañas la compasión que mueve al maestro. Si la mirada de Jesús a las multitudes nos permitió asomarnos a sus sentimientos, fue para descubrir que los discípulos están llamados a hacer suyos esos mismos sentimientos. No se trata sólo de admirarnos ante lo que ocurre en el corazón del Señor. Como discípulos, nuestro propio corazón, nuestra mirada, nuestra actitud y disposición ante lo que ocurre a nuestro alrededor, han de reflejar el amor de Dios. El sello de Cristo, su propia unción, el Espíritu Santo, marca también nuestra carne. La Iglesia, el nuevo Israel, la comunidad de los discípulos de Jesús que es, a pleno título, un reino de sacerdotes y una nación consagrada, se ha de establecer como ese movimiento expansivo del amor de Dios, que con una confianza inagotable en la solicitud del Padre quiere lo que Dios quiere y se compromete a llevar a cabo, con toda justicia, los planes divinos. Mirando en primer lugar a los más cercanos, pero, a partir de ellos alcanzando en círculos concéntricos a toda la humanidad, cada uno de nosotros, con su propio nombre y su propia historia, es invitado a hacer cundir la compasión de Jesús y su poder salvífico en todos los rincones de la tierra.

A nuestro alrededor, multitudes vagan perdidas, como ovejas sin pastor. ¿Cómo no sentirnos interpelados por Jesús delante de ellas? ¡Él mismo las mira ahora, compadecido, y quiere actuar salvíficamente para ellas a través de nosotros! ¡Cuánta confusión reina en las inteligencias y en las conciencias, cuando el Señor mismo nos ha revelado su verdad y su justicia! ¡Cuánto vendaval sacude las emociones, volviéndolas ingobernables, siendo que Jesús nos ha revelado el verdadero amor! ¡Cuánto cinismo entre los poderosos del mundo y cuánta violencia, siendo que el maestro nos ha enseñado a convertirnos en servidores! ¡Cuánta manipulación en las campañas políticas o de mercado, mientras que el Señor nos ha enseñado a vivir al pendiente de los más frágiles y pequeños! ¡Cuánto abandono y soledad en las familias y comunidades, mientras el Emmanuel ha originado una nueva compañía! ¡Cuánta prisa entre nosotros, corriendo al ritmo que nos establece el mundo, tratando de alcanzar una felicidad que, en realidad, entre más nos lanzamos hacia ella más lejos quedamos de sus promesas, siendo que Jesús mismo, en sus bienaventuranzas, nos ha dado la clave magistral de la verdadera dicha! Mirar a las ovejas con los mismos sentimientos de Cristo es nuestra vocación. Actuar a favor suyo con la fuerza de la gracia que hemos recibido, nuestra misión. Es verdad que nos sentimos desbordados por los problemas y las circunstancias. Es indudable que nosotros mismos somos parte de esas ovejas necesitadas de orientación y de pastos buenos. Pero hoy mismo recordamos que, cuando todavía no teníamos fuerzas para salir del pecado, Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado. Su amor se ha cumplido ya, y se actualiza permanentemente a través de los signos y las palabras de la Iglesia. Somos ovejas, pero el pastor nos ha cargado sobre sus hombros y nos ha dado un vigor nuevo. Por encima de nuestra incapacidad, nuestro nombre vuelve a ser pronunciado como un llamado y se nos vuelve a confiar el poder mismo del Resucitado para que la compasión de Dios siga cundiendo en nuestro tiempo. El Señor es bueno. Su misericordia y su fidelidad nunca se acaban. Nosotros somos su pueblo y su rebaño. Sirvamos al Señor con alegría para que todos los hombres puedan entrar con júbilo en su templo.

Lecturas

Del libro del Éxodo (19,2-6a)

En aquellos días, el pueblo de Israel salió de Refidim, llegó al desierto del Sinaí y acampó frente al monte. Moisés subió al monte para hablar con Dios. El Señor lo llamó desde el monte y le dijo: “Esto dirás a la casa de Jacob, esto anunciarás a los hijos de Israel: ‘Ustedes han visto cómo castigué a los egipcios y de qué manera los he levantado a ustedes sobre alas de águila y los he traído a mí. Ahora bien, si escuchas mi voz y guardan mi alianza, serán mi especial tesoro entre todos los pueblos, aunque toda la tierra es mía. Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación consagrada’”.

Salmo Responsorial (Del Salmo 99)

R/. El Señor es nuestro Dios y nosotros su pueblo.

Alabemos a Dios todos los hombres,
sirvamos al Señor con alegría
y con júbilo entremos en su templo. R/.

Reconozcamos que el Señor es Dios,
que él fue quien nos hizo y somos suyos,
que somos su pueblo y su rebaño. R/.

Porque el Señor es bueno, bendigámoslo,
porque es eterna su misericordia
y su fidelidad nunca se acaba. R/.

De la carta del apóstol san Pablo a los romanos (5,6-11)

Hermanos: Cuando todavía no teníamos fuerzas para salir del pecado, Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado. Difícilmente habrá alguien que quiera morir por un justo, aunque puede haber alguno que esté dispuesto a morir por una persona sumamente buena. Y la prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores. Con mayor razón, ahora que ya hemos sido justificados por su sangre, seremos salvados por él del castigo final. Porque, si cuando éramos enemigos de Dios, fuimos reconciliados con él por la muerte de su Hijo, con mucho más razón, estando ya reconciliados, recibiremos la salvación participando de la vida de su Hijo. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.

R/. Aleluya, aleluya. El Reino de Dios está cerca, dice el Señor; arrepiéntanse y crean en el Evangelio. R/.

Del Santo Evangelio según san Mateo (9,36–10,8)

En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”. Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias. Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder, ejérzanlo, pues, gratuitamente”.